Víctor Perezagua

Fotógrafo y realizador audiovisual

Zambia

Zambia es un país donde el sol ocupa casi todo el cielo. Cuando atardece, te das cuenta que irradia fuego, tiñe de naranja los desconchones de sus muros y la arena de sus calles. Allí habitan las sonrisas más vulnerables que he conocido. El miedo a la muerte se van en los aviones de los turistas. Allí se vive al día, con lo puesto.

Este reportaje se realizó en la comunidad de Mwandi y otros lugares de Livingstone, durante un voluntariado en 2015. El viaje que me cambió la vida.


El baño de Mari, en sus dos cubetas de agua calentadas en una hoguera. ¿Con que calentáis el agua en Europa, con mechero o con cerillas? Me preguntó.
Un músico callejero ameniza la espera entre cliente y cliente, en un lavadero de coches en el centro de Livingstone.
En el mismo lavadero, otro músico ciego y albino, con su instrumento.
De profesión, tallista.
Haciendo Nshima en la cocina de un restaurante. El Nshima es una pasta a base de maiz, alimento principal de la dieta de Zambia.
Trasportando el maíz a casa, la materia prima del Nshima.
Una granjera de pollos.
Todo el equipo, algunos fans y yo, repostando en la pick-up que sirvió de transporte para el equipo de futbol Four Stars, de Mwandi, a un partido contra un colegio cercano. Cantando durante todo el camino.

En los últimos días de mi viaje, visité un poblado en la carretera hacia la frontera con Botsuana y Namibia. Este poblado estaba construido con tablones sobrantes de una maderera vecina.

Cocina en el interior de una casa,
El exterior de una casa, con su dueña sentada en la puerta.
Unas niñas de la aldea
Grupo de niños de la aldea.

Livingstone es una ciudad de paso, a tiro de piedra de las Victoria Falls y fronteriza con 4 países. Algunos retratos de las personas que conocí.

Edson, un gran amigo de Mwandi.
Este anciano de la residencia de Mwandi se dedicaba a fabricar cuerda con telas de sacos viejos, que luego vendía.
El mejor equipo, las cuidadoras de la huerta de Maramba.
Durante un par de días libres, un compañero y yo fuimos a un campamento cerca del río Zambezi. El encargado era este hombre cuyo nombre no pude descifrar, un verdadero crack.
Este chico era tatuador, y esta era su maquina. Me paró por la calle, muy interesado por mis tatuajes y hablamos un rato.
Un ciudadano de Livingstone.
Malu y Yomi eran cantantes urbanos. Malu era propietario de una empresa que realizaba carteles y vayas publicitarias, caligrafiadas a mano. Ambos acababan de grabar sus primeras canciones. Nos caímos bien y acabamos grabando dos videoclips de estos temas.

La escuela de Mwandi era el punto de reunión de todos los niños de la comunidad. Allí se nos acercaban, curioseaban, nos hacían miles de preguntas y volvían a la concentración de sus juegos.


Aunque no suelo retratar a la gente con la que me encuentro, este viaje me supuso un antes y un después en mi forma de concebir la vida. No fueron sus paisajes, ni su naturaleza quien provocó ese cambio, si no a las personas que me encontré. Es por ello, que les he dado preferencia a ellos. Para terminar, quiero enseñar los maravillosos lugares por los que pasé.

Se avecina tormenta. El lago Zambeze refleja los tonos de un cielo amenazante. En el centro, un poco a la derecha, el agua en suspensión de las cataratas.
Durante la tormenta, las viejas vías de tren reflejaban el color del cielo, o mejor dicho, la falta de él.
Durante los dos días libres en un campamento al lado del río Zambeze, contemplé el amanecer. Los rayos de sol se metían uno a uno en el enorme cañón formado por el río, iluminando líneas de bosque.
Un solo árbol iluminado en el interior del cañón del río Zambeze.
Y en la parte superior del cañón, el desierto, y nadie para buscarnos.

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